Porque todos los que llevamos años ejerciendo en clínica y tratando con pacientes en muy diversas patologías, sabemos que, en cualquiera de ellas, la etiología de la sintomatología puede ser de tipo traumático, ya sea más específico o cronificado, y que ese origen acaba por manifestarse de algún modo, ya sea somático, psíquico, o ambos, de manera solapada y siempre compleja.

Y es por ello que existen momentos en la psicoterapia en los que el uso del resto de técnicas puede no resultar suficiente a la hora de conseguir que la persona reconozca e integre de manera adaptativa esa base traumática, y sea capaz así de reducir y eliminar, de manera auténtica y no sólo superficial su sintomatología, y por tanto, de poder mantener esa estabilidad a medio y largo plazo.

En muchas de las patologías se demuestra la existencia de síntomas disociativos de mayor o menor grado, que se han desarrollado como defensa ante el trauma (abuso sexual, relaciones parentales disfuncionales, carencias afectivas, abuso escolar, maltrato, etc).

La indiscutible fuerza del EMDR para desbloquear y diluir el trauma, eliminando la disociación, consigue una integración y recuperación de los recursos de procesamiento y afrontamiento que la persona poseía de manera innata, y también incorpora y desarrolla otros necesarios para estabilizar su salud psicológica a futuro.