El desarrollo de las neurociencias en estos últimos años, así como la consiguiente introducción de nuevas técnicas de evaluación más específicas, han permitido una reconceptualización del trauma psíquico, con la descripción de una nueva categoría, el Trauma Complejo o D.E.S.N.O.S (Desorder of Extreme Estress not otherwise especified), y la aplicación de nuevas técnicas terapeúticas para tratarlo.

El EMDR (Eye Movement Desensitization and Reprocessing) es una de ellas, reconocida como psicoterapia basada en la evidencia por la OMS (Organización Mundial de la Salud), y que en 2010 recibió el más alto sello de aprobación otorgado por el National Registry of Evidence-Based Programs and Practices (NREPP), registro que depende del Substance Abuse & Mental Health Services Administration integrado en el U.S Department of Health and Human Services.

Está también avalada por la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) y por diversas guías clínicas internacionales de tratamiento del Estrés Postraumático.

Es una potente herramienta terapeútica, innovadora y nada intrusiva, pero que, dada su complejidad, debe de ser aplicada únicamente dentro de un marco terapeútico seguro y controlado, por un profesional no sólo experto en la técnica en sí, sino también con una amplia experiencia y bagaje profesional en psicopatología y psicoterapia.

El EMDR fue desarrollado por la Doctora Francine Shapiro en origen para el tratamiento del estrés postraumático en los veteranos de guerra, y posteriormente se aplicó también en mujeres víctimas de violación, pero su uso hoy en día se ha extendido, tras comprobar su eficacia, al tratamiento de otras patologías muy diversas, como puedan ser trastornos de ansiedad, fobias, trastornos depresivos, duelos, disfunciones sexuales, trastornos alimentarios, trastornos obsesivos, trastornos de la personalidad, etc.

Aparte por supuesto de sus muy  evidenciados resultados en la prevención y/o tratamiento del estrés postraumático después de situaciones adversas: catástrofes naturales, accidentes, abuso sexual, agresiones, etc.

Se trata de un método integrador en el que se incluyen elementos de la terapia cognitivo-conductual, de terapia corporal, de la teoría psicoanalítica y de la orientación sistémica de las dinámicas familiares, que posee un origen neurofisiológico y cuya aplicación se basa en la estimulación bilateral alternativa de los hemisferios cerebrales (derecho e izquierdo) mediante movimientos oculares, suaves toques en las manos (tapping) o sonidos auditivos.