“Adquirir desde jóvenes tales o cuales hábitos no tiene poca importancia; tiene una importancia absoluta”.

Aristóteles

 

La adolescencia es ese periodo que empieza cada vez antes y acaba cada vez más tarde, y que nos sigue poniendo a prueba como padres.

A pesar de los cambios en el tiempo, continúa siendo la edad del despertar a la sexualidad, de las contradicciones amor/odio, de la búsqueda de identidad separado de los padres, de las primeras dudas existenciales y personales, de las primeras decisiones en solitario, es decir, de casi todo lo básico y lo fundamental para su vida futura y su autonomía.

Por todo ello debemos seguir estando a su lado (aunque a veces parezca que quieren apartarnos), porque sólo con nuestro apoyo y cariño incondicional podremos continuar estableciendo los límites que necesitan para sentirse seguros y desarrollarse plenamente.

Cuando algo va mal en esta edad suelen aparecer todo un conjunto de síntomas que coexisten y a veces se confunden con las características propias de la ebullición hormonal, y que nos pueden desorientar. En cualquier caso serán el grado de intensidad y la sensación que tengamos acerca de nuestra capacidad y control para llegar  a una solución,  lo que nos hará sospechar que se han convertido en algo que hay que atender de manera profesional.

Los problemas que se suelen presentar más son los siguientes:

 

Problemas de adaptación social y/o al grupo

Problemas de autoestima, falta de seguridad en sí mismo, falta de asertividad

Bajo rendimiento académico, dificultades de atención/concentración, ansiedad ante exámenes

Desmotivación, depresión

Ansiedad, trastorno de pánico

Problemas en la conducta alimentaria

Bloqueo o incapacidad para la toma de decisiones

Problemas de comunicación o conflictos familiares

Rebeldía, agresividad

Conductas de riesgo: fumar, alcohol, drogas, etc.

Problemas de identidad sexual

Obsesiones