“Casi todo lo humano está en la infancia. Cuando esta etapa ha sido feliz, sana, llena de afecto y bien enfocada, uno sale fuerte para todo.”

Enrique Rojas

 

El desarrollo infantil nunca sigue un curso lineal y ascendente, y cada una de las progresiones y regresiones que se van produciendo en cada etapa suponen a la vez alegrías, satisfacciones, ansiedades y preocupaciones. Ser padres supone asumir ese coste y aprovechar cada avance para dotar de mayor autonomía a nuestro hijo e infundirle seguridad a través del afecto, y no para bloquear sus necesidades y aspiraciones debido a nuestras propias ansiedades o miedos. No hemos de olvidar que cuando los padres nos equivocamos lo hacemos, en la mayoría de los casos, por un exceso de interés y no por su ausencia, y que afrontar esos errores es lo que nos va a permitir llegar a un conocimiento cada vez más profundo de cómo educarles de forma sana.

Las manifestaciones emocionales y conductuales que nos pueden estar indicando que nuestro hijo puede estar sufriendo algún tipo de problema pueden ser muy variadas y de diversa índole. Un comportamiento inadecuado que se mantiene en el tiempo, tristeza, rebeldía, rabia, introversión, inapetencia, exceso o ausencia de sueño, bajo rendimiento escolar, desmotivación, ausencia de juego, quejas somáticas (dolor abdominal, de cabeza, mareos, vómitos…), mutismo, fatiga constante, angustia incontrolada, etc.

A veces serán más sutiles y a veces se harán más evidentes, pero si estamos atentos y nos comunicamos adecuadamente con nuestros hijos sabremos detectarlas.

Simplemente hay algo que no es del todo normal en cuanto a lo que cabría esperar por su edad y etapa evolutiva, o ya no se comporta como antes y no se le ve feliz.

Llega un momento en el que nuestros cuidados, experiencia y cariño no son suficientes , y lo que antes funcionaba ya no lo hace. O que tenemos dudas acerca de si lo que estamos haciendo es adecuado o no, o no sabemos cómo hacerlo.

Es entonces cuando necesitamos la ayuda de profesionales que nos indiquen cómo  conseguir que su estabilidad y bienestar emocional se recuperen y se mantengan en el tiempo.

Aceptar que tenemos un problema, y asumirlo y afrontarlo pidiendo la ayuda oportuna, son los primeros pasos que nos llevarán a una solución eficaz.

Los problemas más frecuentes en esta etapa son:

Ansiedad

Miedos, Fobias

Celos

Depresión

Trastornos del sueño

Enuresis (se hace pis)

Problemas de conducta, agresividad

Déficit de atención, hiperactividad

Baja autoestima, inseguridad

Problemas alimenticios

Dificultades de relación social, timidez, retraimiento

Problemas afectivos derivados de situaciones concretas: separación o divorcio,

muerte de un ser querido, enfermedad crónica, acoso escolar, adopción, etc.

 


 

Como padres sabemos que reconocer que nuestro hijo no está bien no es fácil. Tampoco lo es asumir que a veces llega el momento en que nuestro cariño y experiencia  no resultan suficientes para ayudarle.

Pero es fundamental tener la fortaleza de afrontarlo, para tratar cuanto antes lo inmediato, y a veces también para prevenir a medio o largo plazo problemas que podrían resultar, llegado el caso, mucho más difíciles de tratar para todos.

La comunicación y el intercambio de información con los padres durante el tratamiento es prioritario. Se trata de una labor común , que pretende aunar especialización y experiencia profesional por un lado, y todo el conocimiento por parte de sus padres de ese niño por otro, además de un cariño compartido.

Unicamente con el objetivo común de ayudarle para que pueda desarrollarse de manera sana y normal, y sentirse bien y feliz.