EMDR EN LOS TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA

 

 

 

Tomamos como referencia el artículo de revisión de Raquel Quílez Pardós publicado en la Revista de Psicoterapia/Vol.XX, Nº80, acerca de este tema, para ilustrar lo que una intervención integradora como es el EMDR puede aportar, y de hecho aporta, al tratamiento de este tipo de trastornos, que como bien sabemos, por su complejidad patogénica y etiológica, su diversidad patoplástica y sintomática, su comorbilidad psiquiátrica, y la variedad de factores, áreas y ámbitos a los que afectan, tanto a nivel intrapersonal, como interpersonal, requiere de todas las técnicas y herramientas terapeúticas que podamos poner en marcha de cara a que las personas que depositan su confianza en nosotros y nos piden ayuda en momentos tan difíciles para ellos, puedan sentirse apoyados y comprobar día a día que pueden mejorar.

Sabemos que, en muchos de los casos, están presentes en la historia vital dificultades de apego y/o experiencias traumáticas (Vanderlinden,J y Vandereycken,W. (1999)).

Y también sabemos que dos de los grandes temas nucleares que debemos tener en cuenta en los TCA son el deseo de delgadez con el control-perfección del que se acompaña, y la necesidad de no escuchar o atender determinadas emociones-sentimientos (anestesia emocional), o la dificultad para poder identificarlas y expresarlas (alexitimia).

El núcleo del tratamiento EMDR implica la activación de los componentes de la memoria traumática o acontecimientos vitales perturbadores a través de la estimulación bilateral hemisférica, para establecer nuevas redes neurales que permitan restablecer el proceso adaptativo de información, y así poder transformar la memoria implícita en memoria declarativa, y poder hacer una narrativa más eficaz y sana de la propia historia.

Se consigue de esta manera:

  • Una desensibilización y reprocesamiento de las emociones, sensaciones corporales y cogniciones/creencias negativas e inadecuadas que quedaron instaladas en el momento del impacto traumático o a lo largo de su desarrollo.
  • Una disminución y/o desaparición de la sintomatología, tanto a nivel corporal como emocional.
  • Una visión mejorada del yo y de la propia imagen, y por tanto, una mejor autoestima.
  • Instalación de sentido de propia valía y capacidad para la resolución de presentes y futuros disparadores.

Como afirman Vanderlinden, J. y Vandereycken,W. (1999), los TCA presentan reacciones defensivas condicionadas, que se manifiestan automáticamente de manera rápida e intensa ante estímulos internos y externos, conscientes o inconscientes. Dicho aprendizaje condicionado explica su resistencia al cambio, la cual será mayor si el trauma se ha producido a edades más tempranas.

Es por ello que la terapia cognitivo conductual, que es la terapia de elección y que ha demostrado su eficacia para los TCA, pero que únicamente contempla el procesamiento cognitivo a nivel frontal, no consigue llegar a este tipo de fenómenos (aunque sí mejora otros muchos aspectos), sí lo consigue sin embargo la estimulación bilateral, con el procesamiento global de todos los componentes implicados, de “abajo a arriba”.

El hecho de que un trauma contribuya a la aparición de un TCA depende de la edad en la que se produzca, de que se trate de trauma simple o trauma complejo, y según el impacto haya sido más o menos severo, de los mecanismos de defensa que hayan necesitado activarse, más o menos primitivos, con más o menos resistencia al cambio, más o menos rígidos.

Como ya han demostrado en diferentes estudios diversos autores, entre ellos Gleaves,D.H. y Eberenz, K.P., (1994), en el caso de abuso sexual, éste no puede incluirse en los factores de riesgo de los TCA, pero sí relacionarse con un mal pronóstico. Aparte, de igual modo se han estudiado y demostrado peor evolución y pronóstico cuando existen otros tipos de abuso que se constatan a diario, como el abuso por negligencia, el maltrato psicológico y el emocional, y más actualmente, el acoso escolar o bullying.

Es fundamental en este sentido evaluar y contemplar la presencia de disociación o síntomas disociativos de uno u otro nivel, ya que, en el caso de no identificarlos, la terapia podría conllevar un estancamiento u incluso un abandono por parte del paciente.

Ya se han relacionado en diversos estudios este tipo de síntomas con la presencia de autolesiones y con conductas bulímicas, tanto en bulimia con normopeso como en anorexia de tipo compulsivo-purgativa.

Sanfiz, J. (2007), acerca de la bulimia: “Los atracones en algunos casos de bulimia nacen de trauma complejo anterior. Son manifestaciones de partes emocionales muy ansiosas y muy fóbicas que pretenden calmar su estado emocional con la comida, e imponen el atracón compulsivo a una parte aparentemente normal de la personalidad. Cuando acaba esta acción, otra parte emocional o la parte aparentemente normal que no acepta esta dinámica, puede provocar el vómito.”

Es importante tener muy presente que no en todas las personas con historia de trauma en infancia se presentan síntomas disociativos. Que se den o no dependerá de varios factores: edad en la que se sufre el trauma (que hará que la mayor o menor inmadurez a nivel de sistema límbico determine respuestas de congelación y/o cambios en las pautas alimentarias), naturaleza del abuso, revelación o no del abuso, variables familiares, acontecimientos vitales concomitantes y autoimagen.

En el tratamiento con EMDR se contemplan y aplican en sus diferentes fases o etapas todas las especificidades que presentan los trastornos alimenticios, a la hora de integrarlas en el diseño del tratamiento individualizado, en lo que se refiere a recogida de datos de historia y evaluación, preparación del paciente e instalación de recursos para la regulación emocional, y por supuesto a la hora de la elección de las dianas sobre las que trabajar de manera más concreta.

En este sentido, trabajamos según la sintomatología priorizando su desensibilización inmediata cuando ésta desborda emocionalmente a la persona a presente, ya sea en conductas típicas relacionadas con alimentación, o en otras conductas disfuncionales existentes en otras áreas; o bien, cuando ésta se encuentra ya más reducida de manera estable, focalizando en los pequeños o grandes nudos traumáticos para ir desensibilizándolos y procesándolos poco a poco.

Y siempre teniendo en cuenta los tres aspectos fundamentales en EMDR: cognitivo (creencias), emocional y corporal.

El trabajo con el binomio persona-personaje, “lo que soy o lo que creo que se espera de mí”, “lo que necesito y lo que creo necesitar”, puede ser otro punto interesante que abordar y que aporte información y produzca “insights”.

En cualquiera de los dos casos, el trabajo que se realiza es eficaz y desensibilizador, y el psicoterapeuta atiende con especial cuidado el manejo y sostenimiento emocional, para que la persona salga de cada sesión, cada día, con una sensación mejor que la que traía.

En el trabajo terapeútico con EMDR incluimos, aparte de las habituales técnicas para el trabajo cognitivo y de regulación emocional de la terapia cognitivo-conductual, otros recursos específicos a los que poder acudir día a día en los momentos más difíciles, como son: lugar seguro, haz de luz, relajación guiada con estimulación bilateral, música bilateralizada, instalación de capacidades, etc.

El trabajo de identificación de dianas, tanto a presente como a pasado, es fundamental, y se va haciendo siempre en colaboración con el paciente, según la sintomatología que vaya presentando, el relato que nos haga de su línea de vida, y por supuesto, en los casos en los que hay lagunas mnésicas, según vayan apareciendo los recuerdos y experienciándose en el procesamiento.

El sistema de creencias con respecto a uno mismo, cuándo y cómo quedaron instaladas, su procesamiento a nivel cognitivo y la posterior instalación de creencias más adaptativas, también resulta muy eficaz para la mejora sintomática de una manera más estable a futuro.

En cuanto a las emociones asociadas a ellas: culpa, vergüenza, rabia, tristeza, miedo, etc., la focalización en su mayor intensidad negativa consigue poco a poco desensibilizarlas, y permitir así el posterior trabajo cognitivo a positivo, integrando y dotando de una sensación de coherencia a la experiencia.

Como conclusión, y según nuestra evidencia en psicoterapia, nos atrevemos a afirmar que, aunque todavía queda mucho por investigar y constatar, la utilización del EMDR para el tratamiento de los trastornos alimentarios supone un enfoque integrador, novedoso y complementario, que de facto puede conseguir resultados prometedores y satisfactorios, para la persona que convive con ellos, y por ende, para su familia y entorno más inmediato.

 

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