La rabia, su parte mejor y peor.

La rabia, como todas las emociones, tiene más de una función adaptativa.

En primer lugar, normalmente surge para protegernos y defendernos de la tristeza. Muchas veces la sensación de tristeza nos invade y no nos permite poder seguir estando activos, y es mucho más difícil de tolerar, nos hace sufrir más.

¿Por qué es “más fácil” para el psiquismo sentir rabia? Porque así puede centrar toda la energía para resolver y actuar, nos “olvidamos de que estamos tristes y mal a nivel interno, y la rabia nos motiva y nos empuja a afrontar y a descargar.

El problema está en que, cuando el daño emocional que pretende enmascarar sigue sin curarse, y la rabia se cronifica, su nivel se intensifica y se hace rígida, y la persona se invade de un estado general arisco, susceptible, borde, frívolo y superficial, que le bloquea la posibilidad de una interacción adecuada con los demás, se evitan los afectos y no se accede a las buenas sensaciones ni al autocuidado.

Esa expresión que todos hemos sentido alguna vez, “no me soporto ni yo mismo”, define muy bien esa sensación que nos acaba apartando de los demás y de nuestra actividad eficaz.

La buena noticia es que podemos ajustar esa rabia al nivel adaptativo que corresponda, el que nos ayude a liberar y suponga empuje a positivo hacia nuestros objetivos. ¿Cómo?. Pues averiguando qué es lo que está enmascarando, desensibilizándolo e integrándolo, ya curado, en nuestra posibilidad de avanzar y de sentirnos bien para el afrontamiento.

Todo ello, como siempre, porque es en lo que creemos, con la psicoterapia integradora y el EMDR.

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